La economía estadounidense también necesita una cura

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Joe Biden, es el nuevo inquilino de la Casa Blanca, en Washington, desde el próximo 20 de enero.

No es usual que un presidente electo anticipe los grandes anuncios que usualmente deberían reservarse para el discurso de posesión, como hizo Joe Biden el jueves pasado, cuando habló desde su oficina temporal en la ciudad de Wilmington, estado de Delaware. Sin embargo, los de ahora no son tiempos normales y eso justifica salirse del libreto para plantear en blanco y negro los dos principales propósitos de la nueva administración: salud y economía.

Aunque la lista de pendientes es mucho más amplia, pocos ponen en duda que ahí se concentran las urgencias. En primer lugar, la necesidad de contener la pandemia a través de un ambicioso programa de vacunación que se resume en inocular a cien millones de personas en los primeros cien días de gobierno. Y segundo, dejar atrás una profunda crisis de ingresos y empleo que amenaza ser de largo aliento.

La conexión entre ambos temas es evidente. En la medida en que la segunda ola de contagios avanza, las autoridades vienen adoptando decisiones orientadas a evitar la rápida propagación del virus. Estas determinaciones incluyen limitaciones a la movilidad y a las operaciones de diferentes negocios, lo cual empeora las perspectivas en Estados Unidos.

Tales estrategias aumentan la posibilidad de un frenazo mayor al observado. Los datos más recientes muestran un deterioro adicional del mercado laboral que se expresa en un salto en las solicitudes de ayuda por desempleo, combinado con una caída de las ventas al detal por tres meses consecutivos, que se extendió a la temporada decembrina.Con todos los fierros

La respuesta del próximo inquilino de la Casa Blanca es pasar a la ofensiva, en dos fases. La primera es un plan de rescate que consiste en un programa de estímulos valorado en 1,9 billones de dólares, que equivale a casi siete veces el producto interno bruto (PIB) anual de Colombia. La segunda sería un programa de “reconstrucción”, centrado en infraestructura, innovación y energías limpias, cuyos detalles se conocerán en un mes, con montos que están por definirse.

De lo propuesto la semana pasada, la parte más significativa consiste en un pago de 1.400 dólares para buena parte de los estadounidenses, para ayudarles con sus gastos. Aparte de lo anterior, vendría un paquete de transferencias dirigido a las administraciones locales y el sector educativo, además de una extensión del apoyo a quienes perdieron su trabajo.

En último término, de lo que se trata es de limitar el impacto de una emergencia que ya deja cerca de diez millones de desocupados adicionales, mientras se le da un empujón a la demanda. La idea es que la inmunización masiva coincida con mayores compras por parte de las familias, con el objetivo de crear un círculo virtuoso más temprano que tarde.

Si el modelo funciona, el crecimiento de Estados Unidos sería superior al tres por ciento este año, tras una contracción de más del cuatro por ciento en 2020. Semejante empuje tendría ramificaciones positivas en otras latitudes, comenzando por América Latina.

No obstante, la apuesta es arriesgada porque todo el esfuerzo adicional correspondiente al rescate será financiado con más acreencias. Y cuando se tiene en cuenta que durante el período de Trump se aprobaron dos esquemas similares –por tres billones y 900.000 millones de dólares, respectivamente–, más de un observador se pregunta si se estarán rebasando los límites de la prudencia.

Por primera vez en la historia, la deuda pública equivale al valor de los bienes y servicios que produce anualmente Estados Unidos. Eso se combina con un déficit fiscal que se ubica en 16 por ciento del PIB, muy por encima de lo que es aconsejable.

Al respecto, los partidarios del presidente electo señalan que las tasas de interés están cerca del cero por ciento, con lo cual el costo de emitir más bonos del tesoro es irrisorio. En caso de que el crecimiento económico se acelere, habría mayores recaudos de impuestos, con lo que se pagarían las nuevas obligaciones sin mayores dificultades. Eventualmente vendrán nuevos gravámenes para sufragar la reconstrucción, pero esas cartas –que serán motivo de una gran polémica– todavía no se destapan.

Junto a lo anterior, la cereza en el pastel sería la adopción de un nuevo salario mínimo, de 15 dólares la hora. La intención es que la recuperación les garantice un piso a aquellos que trabajan en oficios que hoy son muy mal remunerados, desde los servicios de aseo hasta la venta de comidas rápidas.

En el escenario ideal, Biden no solo lograría controlar la pandemia a finales del primer semestre, sino limitar el deterioro de los indicadores sociales. A su favor tiene un equipo de primera línea, encabezado por Janet Yellen, una economista muy respetada que fue presidenta del Banco de la Reserva Federal entre 2014 y 2018, y quien será la nueva secretaria del Tesoro.

Lo anterior no quiere decir que el camino esté despejado. El primer obstáculo es el político, pues si bien el partido de gobierno cuenta con la mayoría en el Congreso, su margen en el Senado es estrecho y en algunos casos sería necesario el concurso de al menos un puñado de republicanos para sacar adelante proyectos de ley que son claves.

Construir consensos en medio de un ambiente polarizado será todo un desafío, algo que quedará claro en las próximas semanas. Las heridas abiertas por Trump son profundas, aunque es posible que los eventos de los últimos días sirvan para tender puentes entre los sectores más moderados.

No menos difícil de manejar será el ala radical de los demócratas, que tratará de que el gasto estatal sea mucho mayor. El excandidato Bernie Sanders, por ejemplo, encabezará una comisión clave en la Cámara Alta, lo cual puede traer más de un dolor de cabeza a la hora de sacar adelante ciertas iniciativas.

De la manera como se solucionen las tensiones y comiencen a ponerse en práctica las estrategias enunciadas, dependerá no solo la suerte de la economía norteamericana, sino la del mundo entero. Basta recordar que del PIB mundial –calculado en 84 billones de dólares por el Fondo Monetario Internacional (FMI) para 2020– Estados Unidos aporta 22 billones.

Pero la importancia del cambio de mando en Washington va más allá. Aparte ser uno de los pilares más importantes de la recuperación, es destacable dejar atrás el clima de confrontación que fue la norma con antiguos aliados a lo largo de los pasados cuatro años. Así haya roces, enterrar el unilateralismo que estaba implícito en el eslogan trumpiano de ‘América primero’ hará más fácil identificar puntos de encuentro.

Un ambiente de mayor cooperación permitirá desarrollar herramientas para enfrentar mejor las emergencias que vengan. Aunque cada día trae su afán, los observadores han señalado que en un tiempo no muy lejano habrá que buscar maneras de bajar los niveles de deuda, tanto en las naciones ricas como en las emergentes, que por cuenta de la pandemia se fueron a la estratósfera.

Resulta especialmente crítico fortalecer entidades como el Banco Mundial o el FMI, además de las entidades multilaterales regionales. Los daños dejados por el coronavirus son de tal magnitud que hará falta mucho músculo financiero para evitar que después de las pérdidas de vidas, el futuro de millones sea distinto al empobrecimiento y la desesperanza.

Y si bien todavía está por verse con qué cartas precisas jugará Biden, al menos ahora se abre la posibilidad de una acción colectiva más efectiva. El éxito no está garantizado, pero su factibilidad es mayor ahora que el diálogo constructivo con los amigos de antes se restablece.

En lo que vendrán cambios más de forma que de fondo es en la relación con China. Así baje la hostilidad entre Washington y Pekín, la lucha por la supremacía económica y tecnológica entre las dos grandes potencias es de largo aliento.

De tal manera, resulta ilusorio pensar que los aranceles que le cobra cada gigante al otro volverán al punto en el que estaban en 2016 o que otro tipo de barreras serán eliminadas. Hay un realineamiento que incluso llevará a que decenas de fábricas se ubiquen a este lado del Pacífico, para tener proximidad geográfica al mercado norteamericano.

Dicha eventualidad le serviría a América Latina, que va a necesitar todo el respaldo que se le pueda ofrecer. No se puede olvidar que esta región fue el año pasado la de peor desempeño en el mundo en términos de crecimiento al registrar la contracción más alta: casi 8 por ciento.

Para colmo de males, su renacer sería lento pues solo lograría volver al nivel del producto interno que tenía en 2019 hasta finales de 2023. Cuando en esas cuentas se incluye el aumento de la población, habría que esperar hasta 2025 o más allá para regresar al lugar de partida.

Darles una mano a las naciones que están en su patio trasero no solo sería lógico para alguien que, como Biden, las ha visitado en numerosas oportunidades, sino que forman parte de los intereses estratégicos de Estados Unidos. Las presiones migratorias o el flujo ilegal de narcóticos pueden mitigarse en caso de que al sur del río Grande las economías empiecen a mejorar.

No es descabellado, entonces, pensar en iniciativas que podrían confirmarse durante la cumbre hemisférica de presidentes y primeros ministros que tendrá lugar en territorio estadounidense dentro de unos meses. Ojalá que para ese momento, gobiernos como los de Jair Bolsonaro en Brasil o Andrés Manuel López Obrador adopten una actitud constructiva.

A su vez, Colombia tiene mucho que ganar, si el gobierno de Iván Duque logra enmendar la plana tras el mal sabor que dejó su percibido favoritismo hacia Donald Trump en la campaña electoral. Desconocer que la actitud hacia la Casa de Nariño ha sido de extrema frialdad equivale a tapar el sol con las manos.

Aun así, es inevitable que Bogotá y Washington se entiendan, a menos que ambos quieran salir perdiendo. Asuntos espinosos como el narcotráfico o Venezuela solo podrán manejarse en forma aceptable de haber un diálogo binacional fluido.

Tampoco es despreciable la continuidad de la ayuda anual que aprueba el Congreso o el apoyo a la economía colombiana, maltrecha por la recesión.

Las oportunidades también existen. Desde el punto de vista de las inversiones, el territorio colombiano es atractivo para acoger industrias que estén trasladando sus operaciones desde el Asia, entre otras porque se ve mejor que sus vecinos. Pero ese potencial es más difícil de concretar en caso de que la animosidad continúe.

Y en un plano más general, una gestión exitosa de Joe Biden sería positiva para la economía global. En caso de que sus políticas logren resultados en un marco de tasas basas de interés y ausencia de grandes crisis financieras, quedaría atrás con mayor rapidez el mal recuerdo de la pandemia y se mitigarían sus peores secuelas.

Sin olvidar las vidas perdidas, de lo que se trata ahora es de eliminar el virus y permitir que el progreso sea la norma y no la excepción. ‘Reconstruir mejor’ es el lema de la nueva administración estadounidense. Si lo consigue, no serán únicamente los ciudadanos de esa nación los que saldrán beneficiados.

Fuente:www.eltiempo.com

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