cuatro ideas para que el 2021 no nos venza

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Alejandro Neyra, Fabiola León-Velarde, Carolina Trivelli y Juan de la Puente comparten su visión con miras al aniversario 200 de la república. Ellos ensayan propuestas para salir adelante.

La resiliencia del peruano, curtido en mil crisis, le ha permitido superar el dolor y la pérdida de un 2020 lleno de desgracias y mirar este año con cierta esperanza. ¿Qué podemos hacer para salir adelante? Cuatro especialistas comparten su visión con miras al aniversario 200 de la patria.

Perú: un bicentenario para recuperar la esperanza

Un país complejo, en medio de una crisis económica, política y sanitaria, que sin embargo inicia el nuevo año con confianza, producto del inicio de movimientos patrióticos en muchas ciudades y, sobre todo, con un grupo de peruanos y peruanas jóvenes de distintas procedencias que luchan y trabajan sin pausa para mirar con esperanza la posibilidad de construir un Perú verdaderamente libre en el nuevo año. Así inició 1821, luego de las primeras declaraciones de independencia en Huaura y sobre todo en Trujillo, que liberaron el norte del país para siempre; así empezamos el año de nuestro bicentenario.

Más allá de estos paralelos, resulta importante observar con distancia histórica que nuestra independencia fue fruto de un proceso forjado por los esfuerzos y anhelos de nuestros compatriotas y no solo de una declaración como la del 28 de julio de 1821 o de los triunfos en los campos de batalla de Junín y Ayacucho en 1824. Detrás de los libertadores llegados de otras tierras estuvieron los recursos materiales y económicos, las ideas y sueños, y también las vidas y los sacrificios de peruanos y peruanas en todas las regiones de nuestro extenso territorio.

Esto es lo que debemos rescatar 200 años después, y va más allá de los nombres de próceres y héroes cuyos rostros aprendimos en las láminas escolares –rostros adustos, casi siempre de hombres alejados de la juventud, de la diversidad étnica y del entusiasmo que seguramente demostraban todos, hombres y mujeres, en el día a día de aquellos primeros años de la segunda década del siglo XIX.

Los grandes cambios sociales (imaginen que nuestro país adopte un nuevo régimen político de manera permanente, estableciendo una nueva relación entre ciudadanos y autoridades) se entenderían mejor si además de releer las palabras de los discursos y partes de guerra, imaginamos las horas y los días –los luminosos y los grises– entregados por peruanos de una élite comprometida y de mestizos, afroperuanos, indígenas que entregaron sus manos y sus recursos, y que organizados en ejércitos y montoneras se comprometieron con los ideales de una causa mayor y más noble que la individual.

En este inicio del año del bicentenario, debemos entender que tras la pandemia y la crisis está la oportunidad de servir a un proceso de mayor aliento y profundidad, uno que nos convoque a unirnos en un verdadero proyecto nacional, que ponga las bases de un Perú más justo, más solidario, con igualdad de oportunidades para todos y todas, y que vea la diversidad de su cultura como fortaleza y sustento para su desarrollo. Estoy convencido de que para eso salieron a las calles los jóvenes de la generación del bicentenario, con el ideal de construir un país verdaderamente libre de complejos y desconfianzas, uno lleno de esperanza que permita sentar las bases del país que imaginamos.

Reactivar aprendiendo del 2020

El año que terminó fue muy duro para todos. A la mayoría de peruanos el 2020 los deja más vulnerables y empobrecidos. Económicamente nos fue peor que a casi todos los países de la región, pero el 2021 veremos una economía que crece a doble dígito y eso –salvo sorpresas por el lado de la pandemia– permitirá que recuperemos buena parte de lo perdido en el 2020. Pero no a todos nos irá igual, no todos podremos aprovechar la reactivación y muchos peruanos, a pesar de las buenas cifras, seguirán pasándola mal. La pobreza subirá y no todos podrán revertir dicha condición.

El 2020 nos deja golpeados. La crisis es económica, política, institucional y sanitaria. Hemos perdido confianza en que podremos hacerlo bien. Además, sabemos que volver a donde estábamos antes de la pandemia no es suficientemente bueno para la mayoría de peruanos. El desafío entonces es aprovechar la recuperación económica para hacerlo mejor, y mejor para la mayoría sobre todo.

Aprovechar la recuperación implica aprender del 2020. Hay al menos tres asuntos que deberíamos priorizar para capitalizar lo aprendido a porrazos el año pasado y para que quienes la están pasando peor tengan oportunidades de recuperarse y aprovechar el crecimiento para retomar una senda de progreso.

Primero, desterremos finalmente la errónea idea de que hay una acción o intervención que resuelve los problemas de todos. No hay. Tenemos que conocer mejor las diversas situaciones y circunstancias que enfrentan los peruanos y a partir de ello generar tantas acciones como sean necesarias para atender sus múltiples necesidades. Es más difícil, implica intervenciones complejas, focalizadas y articuladas. Actuar para el peruano promedio con acciones aisladas sirve de poco para enfrentar la nueva (y vieja) pobreza y vulnerabilidad.

Segundo, pongamos el tema más importante en el centro del debate: el empleo. Sin actuar en los mercados laborales, sin entender los cambios en el mundo del trabajo, sin atacar la informalidad y la precariedad laboral de la mayoría de peruanos y su baja productividad, podemos tener la reactivación más prometedora del planeta y esta no beneficiará suficientemente a la mayoría, mas bien traerá más desigualdad. Exijámonos propuestas factibles, sólidas técnicamente y viables políticamente, y no solo para los que ya poseen un empleo formal.

Tercero, implementemos acciones para mejorar nuestra capacidad de respuesta ante situaciones de emergencia: un buen, dinámico, transparente y completo registro de ciudadanos para que el Estado pueda llegar a quien lo requiera; aseguremos una inclusión financiera universal, generemos un programa social que se active ante cada emergencia y articule la respuesta pública y privada para una atención efectiva de los diversos grupos vulnerables. Todas estas acciones ya las discutimos con el fenómeno de El Niño costero y luego no avanzamos nada. No repitamos ese error.

Evitemos que el entusiasmo por las buenas cifras económicas nos aleje de estas tareas. Aprovechemos la recuperación económica para que los que han sufrido los mayores impactos negativos de la crisis puedan recuperarse sobre bases más sólidas y sostenibles, y para asegurarles una protección efectiva ante futuras crisis.

El COVID-19 cambió las ciencias de la salud para siempre

Fisióloga, Facultad de Ciencias, Universidad Peruana Cayetano Heredia

En los últimos años, expertos en salud pública y personajes como Bill Gates vinieron advirtiendo sobre la inminencia de una pandemia y la necesidad de estar preparados. Lamentablemente, no se equivocaron. ¿Y ahora qué? Aquí un breve resumen de lo aprendido.

Ninguna otra enfermedad ha sido examinada tan intensamente ni generado tanto conocimiento en tan breve tiempo. Las nuevas pruebas de diagnóstico pueden detectar el virus en minutos. Los enormes conjuntos de datos abiertos de genomas virales y casos de COVID-19 han producido la imagen más detallada hasta ahora de la evolución de una nueva enfermedad. El SARS-CoV-2 será uno de los patógenos mejor caracterizados, y los secretos que revele profundizarán nuestra comprensión de otros virus, dejando al mundo mejor preparado para enfrentar la próxima pandemia. De hecho, como se ha visto en las nuevas variantes que han emergido, el SARS-CoV-2 podría tener el potencial de “escaparse” de una buena respuesta inmunológica. De allí la importancia de seguir investigando nuevos tratamientos y que las vacunas contra el COVID-19 se estén desarrollando con nuevas tecnologías y a velocidades antes inimaginables.

Además, los científicos ahora pueden publicar versiones preliminares de sus artículos, o ‘preprints’, en sitios web de libre acceso, lo que permite a otros analizar y desarrollar de inmediato sus resultados. Los investigadores ya han revelado las diferencias entre el SARS-CoV-2 y otros coronavirus, cómo se infiltra y capta nuestras células, cómo el sistema inmunológico reacciona de forma exagerada. Y también han generado evidencia científica de cómo el uso de la mascarilla y el distanciamiento físico son potentes elementos preventivos, y la caída en la saturación de oxígeno una alerta temprana. Ante nuevos brotes, la población ya sabe cómo cuidarse mejor y los científicos buscarán nueva información sobre el material genético del virus en plataformas de uso compartido. Así podrán generar y probar nuevas vacunas, cada vez más eficaces, con protocolos que ya no serán de emergencia.

Los científicos peruanos están logrando aportar en todas y cada una de estas áreas; sin embargo, las dificultades para el escalamiento de sus proyectos y para generar proyectos de mayor dimensión (de lo que he sido testigo de excepción) no permiten que muestren todo su potencial, pues a pesar del esfuerzo los fondos para investigación y los recursos humanos de alto nivel son todavía muy escasos en términos incluso regionales. Este año, en el que todavía tendremos al SARS-CoV-2 entre nosotros, consolidemos y aprovechemos lo logrado por la ciencia nacional e internacional. Pero es necesario redefinir la estrategia contra una nueva pandemia, la que necesariamente deberá encontrarnos con un sistema de ciencia y tecnología nacional más fortalecido, y con una inversión mayor en las nuevas tecnologías. Las lecciones aprendidas y el avance de la ciencia nos permitirán estar mejor preparados en el futuro; la hoja de ruta ya está trazada, debemos seguirla.

La tercera vuelta

La mayoría de predicciones sobre el efecto político de la pandemia en el Perú son un desastre. Auguraban más Estado, centralidad de la salud y cambios positivos acelerados, y lo que tenemos es menos Estado, marginalización de la salud y muy pocos cambios institucionales. Solo acertaron en que la gran depresión ponía todo en debate.

En medio del desorden –y movimiento–, el 2021 se presenta tormentoso, amenazado y casi vacío. El hecho dominante del mediano plazo es una combinación atroz para cualquier crisis: demanda de cambio, fragmentación y falta de liderazgo. Un cuadro así presenta, por lo menos, cuatro preguntas con respuestas en tendencia.

La primera pregunta indaga sobre si el país se dotará en la primera o segunda vuelta de un centro político activo dispuesto al cambio. La actual demanda de derechos no calza con un centro tibio y empodera gradualmente al populismo, de modo que los votantes podrían desechar en las urnas a las fuerzas que propugnen salidas intermedias. En ese caso, el país tendría un escenario disperso: derecha, centro, izquierda y populismo; tendrá más posibilidades quien proponga el cambio y la unidad del país a la vez.

La segunda pregunta es sobre la fortaleza que tendrá la democracia. El resultado electoral no unirá al Perú. Es probable que se elija a un gobierno débil frente al Congreso, la opinión pública y la empresa, sujeto a un Parlamento belicoso, y que se quede con la mayoría de políticas en el tintero. Si este es el resultado en términos de gobernanza, crecerán las exigencias de cambio, entre ellas la de una nueva Constitución. Si las elecciones no reconstruyen una democracia que está rota, aun con la reactivación en marcha, lo hará un proceso mayor.

La tercera pregunta es sobre si bastará con las dos vueltas electorales del 2021 para (re) construir un pacto tácito en el interior de la élite estatal y social. Esta élite, muy inexperta, no pudo darle estabilidad al país en cinco años; un juego de debilidades asociadas podría empujar una huida hacia adelante y hacer necesaria una tercera vuelta en el 2022 o 2023: nueva vacancia o elecciones adelantadas. El presidente que elegiremos se parecerá mucho a PPK: será independiente hasta de su propio partido y su gobierno.

La última pregunta es sobre el papel de la economía (los economistas se han equivocado menos en sus pronósticos): si a falta de un centro político, o como un remedio a su debilidad, se formará un centro económico y un centro social. Siendo que el problema del país se ubica más arriba que abajo, el Perú parece preparado para una respuesta racional como ya se experimentó en el 2019 cuando la subregión andina se incendiaba, aunque eso pasa por aceptar cambios en la economía y en el papel del Estado. La dosis de racionalidad, si proviene, vendrá de la sociedad, de lo que queda de un sistema fuerte que ha resistido todos los embates.

Fuente:elcomercio.pe

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